Nunca fue de tomar decisiones. Más bien de dejarse llevar o de que fueran los demás quienes la dirigiesen. Y no se consideraba ni mejor ni peor que los demás…
Simplemente en algunos aspectos prefería dejarse guiar.
Pero no era de quedarse parada. Eso no. No podía irse a dormir cada día sin intentarlo. Lo que fuera.
Pero poner topes a lo que le hería también era necesario. Eso sí. No sabía si era o no tomar una decisión, pero debía actuar.
Por eso prefirió dejar la decisión en manos de él, pero de algún modo empujarlo a actuar.
«Si quieres que esté, estaré. Si quieres que me vaya, lo haré. Pero aclara qué soy para ti y cómo debo actuar. Si me dirijo a ti, si espero, si te digo lo que pienso y siento, o no. No quiero interpretar tus silencios, tus conversaciones salpicadas de interrupciones o que me utilices para canalizar tu rabia. Solo quiero estar ahí y que estés, solo quiero ser y tener un espacio en tus días y tus noches. Saber que estás y quieres que esté o irme sin más, con dolor, frustración, y tabia, pero hacerlo para que deje de corroer».
Porque a veces esperar era complicado para ella. Quizás siempre, porque la paciencia nunca había sido su fuerte.









