Sin pedírtelo, te pusiste en mis zapatos, con lo complicado que es tener empatía hoy.
En mis zapatos, que tan gastadas llevan las suelas y tan raídos están.
En mis zapatos, que ya no sirven para nada, ni siquiera para trazar pequeños tramos.
En mis zapatos, tan castigados.
Gracias por ponerte en mi piel, a pesar de todo, y gracias por estar…
Y a los demás, incluida yo, un consejo, pensemos antes de hablar o actuar, pongámonos en los zapatos de los demás, que así aprendemos mucho y haremos menos daño…
Soñé contigo, y era tan nítido, que nos veía cogidos de la mano, disfrutando de lo nuestro como dos adolescentes. Eso que no somos.
Viví capítulos enteros de eso tan especial que teníamos y que no es real…
Pero el móvil pegado a mi costado me despertó. Y me devolvió a la realidad. Seguramente me quedé dormida viendo algo relacionado con tus redes sociales, y el subconsciente me llevó a ti, aunque sé que fuera de ese sueño, nada puede ser.
Pero cuando desperté, quise plasmar la preciosa sensación de calma que me había supuesto soñar contigo, para no olvidarlo jamás, sobre todo con la tranquilidad que me da saber que no me leerás, no te reconocerás y no podrás pensar, una vez más, que estoy loca…
Se desdibujó tu rostro, y ya no pude recordar dónde estaba ese lunar tuyo tan característico, o de qué color eran tus ojos. Tampoco pude saber ya cómo de grandes eran tus pestañas o tu boca, ni cómo era tu sonrisa…
Y es que, los meses dieron paso al pasotismo, a pesar de que los primeros días después de dejar de verte necesitaba encontrarme contigo a cada momento.
Siento decirte esto, pero ya no te busco, ya no te sueño, ya no siento la necesidad de saber dónde o con quién estás. Ya nada tiene sentido.