Me rindo. O eso quisiera, eso me pide el cuerpo. Aunque después mi tozudez y lo que me remueve por dentro no me lo permitan…
Pero ganas no faltan. Porque no soy capaz de sonsacarte ni una palabra. Porque siempre hay una circunstancia que me aleja de poder saber qué piensas de mí.
Porque no tengo la capacidad de mantener una conversación contigo.
Porque no te atrae verme. Porque tengo que supeditar mis deseos a lo que suceda. Porque me siento egoísta y estúpida pidiéndote atención.
Y porque aún así, ni por mucho verbalizarlo o incluso intentar hacértelo ver, soy capaz de ser o existir para ti.
Por eso bien merecería la pena rendirme. Porque el problema no es mío, sino tuyo para conmigo…
Robo esta frase a alguien que espero que me lo permita.
Porque a veces tenemos la sensación de que nunca es demasiado. Aunque tengamos una vida por delante.
Pero puede ser que no la tengamos. Queremos demostrar ahora, ya. Por eso es importante aprovechar los momentos que se nos brindan, porque no sabemos cuándo será el próximo…
Volvimos, como dos autómatas, al lugar en que nos vimos aquella noche, por primera vez…
No fue de forma consciente, pero solo hicimos mirarnos, y sin hacernos la pregunta, sabíamos que ambos teníamos en mente la misma idea.
Y allí volví en el tiempo, y te recordé tomando mi mano fría para calentarla, aunque yo me sintiera incómoda porque puede que la situación no fuera la idónea.
Me recordé mirándote de vez en cuando, buscando tímida tus ojos, por si me decían algo…
Me recordé disfrutando de un ambiente que no era el mío, y en el que me ubiqué perfectamente. Quizás porque lo hiciste cálido…
Me recordé hablándote con desparpajo, aunque mi timidez me tenía bloqueada.
Y, sobre todo, nos vi actuando con normalidad…
Quizás por todo eso, y por escribir alguna otra anécdota más, volvimos a aquel lugar, que sin quererlo se podía convertir en un sitio especial...
Créeme si te digo que soy capaz de reír y llorar contigo. Créeme porque lo digo de verdad…
Créeme aunque mi compañía quizás no es la que quieres en estos momentos. O tal vez en ninguno. A pesar de que tengo un abrazo aquí esperándote, un café o un paseo por la playa, que alivia cualquier pena. Puede que demandes todo eso de alguien que no soy yo, mientras yo insisto.
Aún así yo tengo la tentación de prestarme, una y otra vez, de querer ir a cualquier sitio a buscarte, porque quiero estar ahí, por exagerado que parezca.
Me es complicado no repetir hasta la saciedad que estoy aquí, pero no a través de un mensaje de móvil, sino que quiero estar a tu lado, físicamente. Porque así es como se demuestra que estás, no con palabrería. Y es que, creo que alguien que te escucha, o solo oye tu respiración si no te apetece hablar, siempre te reconforta.
Pero es difícil entender que no siempre, o nunca, soy yo la compañía que puedes querer o necesitar, y temes afear mi gesto.
Créeme si digo que se me atropellan las palabras, que no fluyen como quisiera. Me siento torpe e incluso un estorbo para ti, a pesar de que solo pretendo consolarte, ayudarte, tenderte mi mano.
Y las lágrimas incluso se agolpan en mis ojos al imaginar ciertas situaciones en las que puedes verte involucrado.
¿Pero como aliviar el dolor de quien no quiere tu apoyo? ¿Cómo darme cuenta de que ni en las buenas ni en las malas quiere que esté cerca? ¿Cómo saber dónde está el límite? Como aprender a no molestar, a irme sin hacer ruído…
En la ducha me he dado cuenta que tengo el primer amortatuado en mi piel.
Sin pasar por un tatuador, sin tinta en mi piel. Con un objeto punzante. Cosas de crías. De los catorce o quince años. Y en mi muñeca luzco esa inicial que me acompañará toda la vida.
Lo bonito es que supuso todas las primeras veces. Experimentar sin saber el resultado. El miedo de lo desconocido. El dolor de estómago por una pelea. La duda constante de si aquello duraría o solo sería un amor de dos días.
Durante un tiempo pensé que me hubiera gustado que hubiera sido el primero, y el único. Después entendí que era muy bueno que no hubiera sido el único, porque aprendí mucho, porque después otros me han hecho madurar, cambiar mis deseos, entender el amor de otras muchas maneras, hasta quedarme con la que más me gustaba, y también a modificar mis gustos con respecto a los hombres.
A lo mejor aquel chiquillo, que también cambió, evolucionó, no hubiera sido el hombre de mi vida. Ni yo la mujer de la suya. Hombre que tengo muy definido y claramente dibujado en mi mente.
Pero me gusta saber que estás en mi muñeca, porque al final eres una parte importante de mi vida. Aprendimos juntos, evolucionamos y te tengo un gran cariño. Por eso me alegra que esa inicial nunca desapareciera, ni con el paso de los años, y ya van muchos.
Y también me gusta saber que puedo ver esa inicial sin dolor, sin rencor, al contrario. Sin que seas algo que quiera borrar, ni de mi mano, ni de mi vida. Porque eres y serás, siempre, el primer amor, ese que nunca se olvida. Porque otros que vinieron detrás quizás ya no están ni en mi memoria, pero tú sigues. Aunque ahora mi mente esté en otro…
Me enganché a tu piel…pero no solo a eso, sino a ti…
Me enganché a saborear cada rincón de tu cuerpo, a dejarme llevar sin pensar…A escribir mensajes con mis dedos en tu espalda, para que los descifraras…A dibujar el contorno de tus labios con los míos…
Me enganché a querer tenerte cada minuto, cada segundo, cada instante, y no dejarte marchar…A ser egoísta contigo…
Me enganché a saber, a escudriñar cada espacio de tu vida, por divertida, aburrida, extravagante, insignificante o importante que fuera… A conocer cada detalle, lo que marca cada cicatriz y cada marca…
Me enganché a observarte mientras dormías, y a pedirte que te quedaras…A dibujar en mi mente cada pedacito de ti, para no olvidarlo…
Me enganché sin saber cómo ni por qué, pero lo hice. Y sin vuelta atrás…
Hoy te hablo a ti, mi yo interior. Shhh, calla, porque no siempre hablar es lo idóneo.
A veces es mejor quedarte callada, que hablar. Porque por mucho que intentes expresar tus deseos, sentimientos y pensamientos, quizás a quien van dirigidos no quiere escucharlos.
Porque no siempre lo que expresas es bien recibido. Porque no siempre utilizas las palabras adecuadas, y por mucho que intentes enviar un mensaje, quizás al final llega el contrario. O lo que queda es lo totalmente opuesto a lo que pretendiste.
No creas que siempre la sinceridad, por tu parte, te va a dar lo que quieres. Quizás por mucho insistir, o por mucho pasar, vas a conseguir lo que quieres. Quizás no estás a la altura. Quizás nunca tuviste oportunidades. Pero no lo sabes o no lo quieres saber.
A lo mejor no es interesante ni lo bueno, ni lo malo que te pueda ocurrir. No vas a conseguir que se preocupe o alegre por ti. Es así.
Querer estar siempre presente a lo mejor no te reporta lo que quieres. Puedes pecar de pesada, de insistente. Y no por eso te vas a hacer imprescindible, importante, como quieres. Piensas que no hablar, no hacerte notar, sería justo lo contrario, dar a entender que no tienes interés, cuando tienes mucho.
En definitiva, todo esto es tan difícil que se escapa a tu entendimiento. Lo sé. Yo te entiendo mejor que nadie. Y creías que a quien te diriges también. Y que llegará a hablarte claro, a decirte las cosas de modo que las entiendas, que no tengas que leer entre líneas, que no tengas que hacer apreciaciones ni valoraciones. Pero ese momento no llega. Y por mucho que intentes hacerte entender, no lo consigues. ¿Por algo será no? Aunque no seas de rendición fácil, si tú das mucho y no recibes…
No puedes pretender que alguien esté por ti, quiera verte, hablar contigo a cada instante, mimarte, cuidarte…como lo haces tú…Y ya sabes, que por muchas palabras que gastes, por muchos escritos que hagas, nunca serás capaz de llegar, porque a lo mejor no estás invitada a entrar en su vida, aunque pensaras que sí, aunque sigas queriendo que sea sí…