Te fuiste, te evaporaste, de la misma manera en que llegaste…
Pero esta vez, espero que para siempre.
Que no haya recuerdos. Que si ya no apareces al amanecer, ni al anochecer, no lo hagas en ningún otro momento del día. Que te conviertas en un lejano recuerdo de algo que pudo ser y no fue…
Pero no supo si era o no correcto. También pensó que estaba cansada de seguir las reglas, las normas, de ser siempre lo que se esperaba de ella.
Ese pensamiento, que duró una milésima de segundo, se esfumó, y volvió ese deseo, esas ganas…
Mientras ella discernía si hacer lo que sentía o lo que le dictaba la sociedad, lo aprehendido, él esperaba paciente, mirándola a los ojos. Sin quitarle ojo de encima…
Y no pudo más que dejarse llevar y derretirse, por esos ojos color miel hacía mucho que la habían ganado…
No empezamos con buen pie. De hecho, nos odiamos a primera vista.
Así fue ese primer encuentro, que no mejoró en los siguientes días.
Pero a base de malas caras y miradas que matan, fue como tuvimos que convivir durante semanas.
Hasta que un día él, con mucha mano izquierda, se atrevió a invitarme a café, para intentar terminar en una tregua. Yo accedí, porque en el fondo quería no tener enemigos en aquel lugar.
Y a partir de ahí se fue fraguando una extraña compenetración entre nosotros que hizo que no quisiéramos dejar de mirarnos a los ojos nunca más…
A veces el tiempo pasa y ni siquiera nos damos cuenta…
Llega un momento en que te cuestiones cuánto tiempo ha pasado…
Y sin más, consideras que mucho o poco, pero siempre el justo y necesario para que lo que fue no sea, para lo que estaba se haya ido, o para lo que doliera haya sanado.
El calor sofocante no solo se debía a la ola de calor cálido (por no decir caliente) del mes de agosto…
El mínimo espacio que había entre sus cuerpos le hizo sentir sofoco, un calor interno que emanaba de su cuerpo y que le pedía a gritos acabar con aquello.
Por eso se acercó a él, lenta y pausadamente, para terminar con ese sofoco.
Buscó su boca, su piel, su contacto, y lejos de calmarse, sintió mayor necesidad de sentirle cerca. Por eso no dudó en tirarse a sus brazos y buscar su sexo…
No me importa. O mejor dicho, y aunque suene políticamente incorrecto, me importa una mierda.
De vez en cuando tenemos que permitirnos ser así de directos. Porque sino, te toman por tonto demasiadas veces en la vida.
Y sí, ahí va mi afirmación. Y me quedo tan ancha.
Mensaje para aquellos que se creen con licencia de fastidiarte (por no utilizar el sinónimo maleducado), de llegar, hacerse un hueco y largarse, de creer que tienen el control de tu vida, de manipularte sin razón o de creer que estarás ahí siempre, para lo que deseen. Pues mira no, me importa una mierda lo que queráis, ahora pienso en mí.
Y nada más…nos vemos cuando el karma haga de las suyas…