–Llueve – dijo él.
-¿Dentro o fuera? – preguntó ella, que parecía distraída y no fue consciente de lo tonto de su pregunta.
-Fuera. Dentro, contigo, siempre está soleado, siempre hay alegría – respondió él.
Y así se dijeron tanto con tan poco…

–Llueve – dijo él.
-¿Dentro o fuera? – preguntó ella, que parecía distraída y no fue consciente de lo tonto de su pregunta.
-Fuera. Dentro, contigo, siempre está soleado, siempre hay alegría – respondió él.
Y así se dijeron tanto con tan poco…

Miró varias veces hacia la puerta por la que debía aparecer.
Miró avergonzada, sin saber cómo reaccionar…
Por eso tuvo que juguetear con sus manos, para entretenerse durante la espera, e incluso bailar de forma imaginaria con la música que sonaba.
La siguiente vez que fijó su mirada en aquella puerta lo vio llegar, fijándose sobre todo en su amplia y bonita sonrisa, que una vez más consiguió desarmarla y ponerla aún más nerviosa…

Me encanta mantener conversaciones contigo. A todas horas.
Pero no siempre puede ser. No porque yo no quiera.
Y parece que hay etapas, momentos en que resulta más difícil llegar a ti, charlar y sobre todo, no implicarme, sin querer saber más, sin preguntar, sin querer contarte todo de mí, e incluso sentir que tienes curiosidad en mí…
Por eso esas veces intento no acaparar tu tiempo, tus días, tus descansos, tu todo…
No quiero robarte el tiempo, solo que te apetezca compartirlo conmigo. Sin obligaciones. Para que puedas contarme todo lo que me he perdido y todo lo que está por llegar. Para conocerte un poco más. Para que quieras conocerme un poco más…
Y hay otras veces en que parece que la conversación fluye, y eso es genial. Aunque eso pase más en mi mente que en la realidad…

Me siento avergonzada cuando te muestro mi desnudez. No solo la del alma, sino la física también…
La desnudez de mi cuerpo me hace sentirme, una vez más, inferior.
Inferior porque no sé si te gusta mi cuerpo, si provoca alguna reacción en ti, y porque me entra la duda de si estoy a la altura del cuerpo que pueda ser de tu agrado…
Nada especial es lo que ofrezco cuando la ropa no está. O eso me parece a mí. Entonces dejo al descubierto todos mis defectos, lo que no me gusta de mí…
No tengo nada que haga o que te pueda enganchar a mí, nada que valorar…
¿Por qué ibas a querer volver a mi cuerpo, si no hay nada especial?

Ese sueño no era para él.
Tenía pensadas muchas historias para su sueño de esa noche. Historias que le hicieran conseguir lo que anhelaba.
Pero, sin pedir permiso, se coló en su sueño y lo puso todo patas arriba, sobre todo haciendo que se sobresaltara al despertar en medio de la madrugada.
Ya no pudo conciliar el sueño y se preguntó, una y otra vez, por qué…
Pero no supo por qué, solo que le gustó que se colara en sus historias, como lo hizo en su vida, sin avisar…

Tu perfume impregna no solo mi piel, sino cada trozo de tela que estuvo en contacto contigo y cada lugar que compartiste conmigo…
Tu perfume, que se ha vuelto tan conocido y cálido, que forma parte de mis olores favoritos, aunque ni siquiera sé a qué hueles, porque no te he preguntado ni me has contado a qué sabe tu piel, a qué hueles tú…

Más tú. Más yo. Más ambos…
¿Más cerca o más lejos?
¿Más visible o más difuminado?
Solo sé que más ambos…

Sentí aquella noche en mi piel durante días.
Quizás sabes de qué hablo, quizás no.
Porque cada movimiento me hizo sentir cada gesto, cada detalle, todo lo que hicimos…
Aunque también me hizo plantearme, en el momento, si recibí todo, o solo lo que no das con ella o con otras.
Si recibo todo de ti o solo lo que sobra, lo que no se queda en otros lugares.
Si recibo todo lo que puedes dar o solo las migajas, porque tengo la sensación de que nunca te he tenido al cien por cien conmigo.
Quizás a mi lado y tan lejos…
Pero aún así todo lo que ocurrió está dibujado en mi piel…

Se prometió cordura, capacidad de raciocinio, templanza, sabiendo que no cumpliría…
Se prometió cordura, sabiendo que ella era una loca soñadora que solo imprimía impaciencia, inmediatez y sentimientos a sus palabras y a todo lo que hacía…
Pero aún así se prometió cordura…

La oscuridad se volvió cómplice y precursora de poner las cosas difíciles.
Cómplice porque ir tanteando cada parte de tu cuerpo solo con las manos, sin tener presente la vista, fue un placer para otros sentidos.
Tocar tu cara, dibujando tus expresiones, tus ojos, tu boca, tus orejas…Tocar tu pelo, frotar mis manos por él, algo que causa tanta relajación…
Buscarte en la oscuridad, palparte, tantearte…
Y también puso las cosas difíciles, porque no pude verte, ni apreciar tus gestos, sin saber si te gustó aquel encuentro o solo fue uno más…
Pero aún así, quise entender a la oscuridad más como nuestra cómplice que como una barrera. Jugar, guiarnos, experimentar…
