Toco tu piel y me estremezco.
Rozo tus labios y tengo cada vez más ganas de ti.
Muerdo el lóbulo de tu oreja para causarte placer.
Recorro todo tu cuerpo con mi dedo…
Y lo haría una y otra vez, una y otra, una y otra vez…

Toco tu piel y me estremezco.
Rozo tus labios y tengo cada vez más ganas de ti.
Muerdo el lóbulo de tu oreja para causarte placer.
Recorro todo tu cuerpo con mi dedo…
Y lo haría una y otra vez, una y otra, una y otra vez…

Avergonzada dejé que avanzaras por mi ropa, dejándola a un lado.
Pero sin dejar mi pudor aparcado.
Porque sentirme desnuda y observada me creó cierta vergüenza.
Pero me pudo el deseo de sentirte, y que me sintieras, recorrer tu cuerpo, tomar tu cara entre mis manos y que hicieras lo mismo conmigo…
Pero saber que tus ojos me recorrían y escrutaban cada centímetro de mi cuerpo, de mi piel, me hizo ruborizarme, y sentirme aún más avergonzada. Menos a la altura de las circunstancias.
Pero de poco sirve el velo de la vergüenza cuando el deseo llama a tu puerta, aunque esa sensación no desaparezca, siempre te acompaña.

Me he aferrado a tu olor, porque no sé cuándo volverás, cuándo volveré a verte. Si es que llegas a volver…
Por eso me he obstinado mucho en que tu olor, que se ha quedado impregnado en cada rincón de la estancia que hemos compartido, siga conmigo. Y por qué no, en mi piel.

No hizo falta mirarte mucho ni detenerme en ti demasiado tiempo como aprenderme algunos de tus detalles.
He de reconocer, y lo hago en estas líneas, que algunos me encantan. Quizás otros, no. Pero forman parte de ti, y no los puedo desligar de ti, así que van conmigo igualmente.
Pero me quedo con la buena sensación que me causaron aquellos con los que gozo, los que me divierten, me gustan, y me encanta recordar cuando no estás conmigo…

Las olas del mar golpeando mis pies…Allí me vi, pensando.
Con los zapatos en la mano y los pantalones remangados. Pensando en ti, y en tanto…
Sin pensar en la gente que pasaba a mis espaldas, charlando, con sus mascotas, disfrutando de aquel soleado día.
Porque nada importaba, más que lo que tenía en mente, lo que quería hacer, decir, pensar…
Y cuando me di cuenta, había pasado horas allí, oteando el horizonte con mil historias en la cabeza…

Quiero seguir viendo esos ojos verdes, perderme en ellos y que me engullan. Quiero que tu tímida mirada se ancle en mí y no tenga sentido que te vayas. Quiero verte.
Quiero que esa sensación de reconocerme en esas pupilas y en esos ojos curiosos no se termine nunca. Y tener la confirmación, todos los días, de que me miran solo a mí.
Quiero que me busques eternamente con esos luceros, porque entonces tengo claro que nunca me perderé, por complicado que sea el camino. No sé que ha sido de mí todos estos años sin ti, sin esos ojos, sin esos faros preciosos y esos ojos bonitos.
Esa fue la nota que recibió…

Te deseé desde el primer día que hablé contigo. No lo pude evitar.
Conseguiste que me derritiera con tu sonrisa, con tus improvisaciones y tus cosas…
Era un don tan natural que ni cuenta te dabas…
Y poco a poco, sin que hiciera falta que entendiéramos aquellos cafés como una cita, fuimos intimando.
Hasta que desearte fue una de las sensaciones que despertabas en mí, pero no la única.

Siento cierta envidia de ti, que no solo tienes lo que deseo, sino que además despiertas las miradas de los desconocidos, los que me gustaría que se fijaran en mí. Por capricho, por placer…
Y es que a nadie amarga un dulce. Me gustaría sentirme reflejada en la mirada de cualquier extraño, y que alguien me esperara ansioso al llegar a casa. Por desear que no quede…

Veo que eres todo lo contrario a mí. Tú gustas y yo soy insignificante, por no decir invisible, y me siento ridícula, porque por muchos esfuerzos que haga, dudo que en algún momento esté a la altura.
No te culpo, pero me da rabia ser tan poco a tu lado, no tener nada con qué sorprender.
Qué bonito cada encuentro contigo. Qué bonito que después de tantos años siguiéramos siendo como al principio, como dos adolescentes que se daban todo lo que tenían.
Qué bonito que nada irrumpiera en nuestra felicidad. Y que pudiéramos ser siempre nosotros el uno con el otro, sin importar nada.
Qué bonito que no tuviéramos que desconfiar el uno del otro, como hemos visto en tantas parejas…Qué bonito que todo siga como el primer día, con la capacidad de sorprendernos intacta.
Qué bonito todo aquello y más que nos guardábamos para nosotros dos…

Aquella ciudad me pareció tan grande y tan pequeña por momentos…
Porque te busqué mucho, con la mirada y con mis sentidos, y nunca te encontré.
Anhelaba coincidir contigo por la calle, pero parece que aquel lugar en el que vivíamos era demasiado grande para esa mera coincidencia.
Y sabía que, cuando no quisiera mirarte a los ojos, y que tú no buscaras los míos, entonces aquel lugar sería tan pequeño que estaríamos condenados a encontrarnos…
